Una práctica pedagógica que cura y sana: Liberar el Espiritu a través de la educación.


“La verdad es la única cosa que no cambia. En el mundo solo hay dos cosas: La verdad y la falsedad: la verdad es lo que es, y la falsedad es lo que parece ser. La verdad es algo; no tiene causa, y sin embargo es la causa de todo”

Evangelio de Acuario de Jesús el Cristo – Leví, Cap. 22

 

Resultado de imagen para laboratorio espiritualLa libertad del espíritu y la mente es una meta clara de la gnosis moderna, un camino por recorrer que incluye alejarnos de la ignorancia y abrir nuestra mente al conocimiento y a la sensibilidad espiritual. Sin lugar a dudas, la educación es una práctica que conduce a la emancipación del espíritu y la mente; ésta es una de las intencionalidades más claras que se ha forjado el sistema educativo aún en sus orígenes más remotos.
Desde las enseñanzas del siempre memorable Aristóteles, pasando por el soñador Rousseau y terminando en los educadores modernos, la educación ha sido siempre un motor a la transformación social, una lucha incansable que busca liberar al hombre de sus más complejas ataduras, y construye caminos de conocimiento, sabiduría y ante todo, amor y compasión por el otro.

Así pues, es entonces claro que el ser maestro implica mucho más que una pizarra y un marcador, mucho más que un texto y un conjunto de estudiantes.
Jesucristo promovía la enseñanza y la práctica del amor por encima de cualquier cosa, y esos son principios que no podemos dejar de lado. Es necesario alejarnos de las prácticas pedagógicas caracterizadas por el olvido de la humanidad del otro, la ignorancia a sus necesidades y la repetición de los métodos tradicionales y poco significativos, y dotar de un profundo significado ético a la labor que
realizamos en nuestras aulas de clase.

Formar es acompañar, y de esta premisa no cabe duda alguna. Así como Jesús lo haría en Emaús, nuestra práctica pedagógica debe promover la identificación y curación de heridas (espirituales, emocionales, epistemológicas) al igual que asegurar la liberación de las mentes y los espíritus de quienes nos rodean, buscando siempre dejar un legado que tenga efecto en las generaciones venideras.
Cabe anotar, que nuestra labor debe estar socavada y estructurada desde el contexto inmediato de nuestra práctica, y que debemos estar en la capacidad de leer y analizar las realidades que nos rodean, que traspasan el espacio físico y trastocan la humanidad de nuestros estudiantes; aprender a leer al otro es parte fundamental de nuestra práctica, pues al humanizar la educación abrimos la puerta a un ejercicio más compasivo, más consciente y más significativo para la comunidad. La misión del maestro es romper las cadenas de la individualidad y construir un saber que transforme al ser y lo acerque a su comunidad.

Para llegar a este objetivo, hagamos del aula un laboratorio espiritual, unespacio de encuentro y de paz, un lugar en el que prime conocer las necesidades del otro, y en el que nos permitamos observar, acercarnos, preguntar y escuchar a nuestros estudiantes, en donde prime la práctica del bien, y en donde nuestro actuar ético y de buen proceder, nos permita interpretar, discernir y generar curas al dolor de nuestra comunidad y a las necesidades de nuestro entorno.

Llenemos nuestro ejercicio pedagógico de espacios de reconciliación, acercamiento, perdón y curación, impulsemos un amor ético y transparente, ajeno al egoísmo, al individualismo y a cualquier concepción material. Dotemos nuestra vocación de iniciativa para leer, razones para interpretar, reflexiones para discernir y acciones para curar.

 

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